A finales de 2025, el guacamayo verde mayor (Ara ambiguus guayaquilensis), una subespecie en peligro crítico de extinción, fue reintroducido con éxito en la zona de Las Balsas, provincia de Santa Elena.
La fundación de conservación Jocotoco informó este domingo que la población de estas aves, endémicas de los bosques secos del occidente de Ecuador, ha mostrado una recuperación significativa. Desde el inicio de las liberaciones en 2017, el número de individuos ha ascendido de 7 a más de 23, registrándose 18 de ellos en la reserva Las Balsas durante el Censo Nacional de 2024.


Desafíos ambientales del guacamayo verde
Esta subespecie ha enfrentado una reducción drástica de su área de distribución debido a dos factores principales: la deforestación y el comercio ilegal de fauna para mascotas. El programa de recuperación, que cuenta con el respaldo de Loro Parque Fundación, se basa en un enfoque multidisciplinario que incluye la restauración ecológica del entorno y el monitoreo constante.
Los resultados actuales son alentadores, con un promedio de tres a cinco pichones que logran emplumar anualmente y la confirmación de dos parejas reintroducidas que ya han logrado nidificar de forma autónoma en libertad.


Los ejemplares que forman parte de este programa provienen de la Fundación Jambelí, el único centro especializado en la reproducción de esta especie en el país. Muchos de los adultos allí alojados fueron decomisados de traficantes de fauna silvestre.
Antes de su liberación definitiva, las aves pasan varios meses en la reserva Ayampe cumpliendo un protocolo de adaptación donde fortalecen su musculatura de vuelo y aprenden a identificar frutos nativos. Según los especialistas, esta etapa es crucial para que los animales recuperen sus instintos naturales y aseguren su supervivencia en el ecosistema.


Monitoreo técnico y colaboración comunitaria
Una vez liberados en Las Balsas, los guacamayos reciben alimentación suplementaria temporal y son supervisados mediante transmisores satelitales durante un periodo de hasta cuatro meses. Este seguimiento tecnológico permite garantizar el bienestar de los individuos mientras se integran a su nuevo ambiente.
La fundación destaca que el éxito a largo plazo depende de la colaboración con las comunidades ancestrales locales, cuyo involucramiento es fundamental para proteger el hábitat y prevenir nuevas amenazas derivadas de la actividad humana.


