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jueves, 19 febrero 2026
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Vivir del día a día: El drama de los venezolanos que dependen de la informalidad

La informalidad laboral en Venezuela, que alcanza al 70% de la población, somete a los trabajadores a ingresos precarios e inestabilidad cambiaria que les impiden cubrir la canasta básica, obligándolos a una economía de supervivencia diaria.

La informalidad ha ganado terreno en varios sectores del país, con trabajadores y vendedores afectados por el bajo poder adquisitivo. Economistas coinciden en que alrededor del 70% de la población obtiene ingresos de la informalidad y se enfrentan a los ajustes de precios en función de la brecha cambiaria, ocasionando dificultad para comprar los alimentos, recurriendo a compras para el consumo diario, aunque implique mayor gasto.

Dilio Hernández, economista, precisa que esta situación inició en el año 2014 y se ha ido agravando con el paso del tiempo, algo que considera relativo, ya que los ingresos dependerán de la actividad que esté realizando la persona, en la que por lo general no superan el equivalente a $200, mientras que el costo de la canasta básica oscilaba los $526,83, según los últimos datos publicados por el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas FVM) en marzo de 2025.

Para el economista, Jhon Cisnero, en Venezuela hay un grupo importante de la población en vulnerabilidad al no contar con un presupuesto familiar para cubrir sus necesidades o asegurar al menos el sustento diario. Reconoce la complejidad desde la brecha cambiaria, con la diferencia de precios que perjudica al vendedor informal y hasta puede comprometer sus ganancias. Les resulta un desafío poder contar con una planificación financiera que incluya todas las necesidades.

El drama de los venezolanos que dependen de la informalidad

Inestabilidad y retos en la informalidad

De allí, los testimonios recabados por el equipo del Diario de Lara, LA PRENSA, en el centro de Barquisimeto, entre las realidades de buhoneros, transportistas, vendedores ambulantes y amas de casa. Tienen en común que el ingreso económico no les alcanza para cubrir un mercado mínimo de $80 semanal, por lo que se ven obligados a comprar productos a diario, principalmente víveres, como harina, arroz, mantequilla y queso.

Con tristeza, la señora Nelia Rondón admite que junto a sus cinco hijos, en varias oportunidades les ha tocado comer «arepa pura», por falta de un poquito de mantequilla para untarle, señala que no les alcanza el dinero para comprar el relleno. Ya no recuerda las veces que sólo comen una vez al día, algo que deben hacer luego de un largo ayuno, resisten apenas con un poco de agua hasta horas de la tarde.

En la casa de Rondón sólo tienen el ingreso de su esposo, que apenas gana $25 a la semana. El menú en su casa por lo general es caraotas, en ocasiones logran acompañarlas con un poquito de arroz o arepa. En días buenos, pueden comprar sardinas enlatadas.

A su lado viene José Alvarado empujando una estructura metálica donde guinda franelas y ropa interior. Lleva varios años como vendedor ambulante, caminando entre las avenidas Vargas y 20, pero lo que gana no le alcanza para que su esposa haga un mercado bien surtido, buscan la economía en establecimientos de la carrera 21. Cuenta que sus piernas se cansan, pero debe caminar largos trechos para tratar de llevar a diario una harina o arroz. De vez en cuando lleva un kilogramo de pollo, para darse «el gusto» de comer proteínas.

El drama de los venezolanos que dependen de la informalidad

Sobrevivir con el ingreso diario

«Cuando tengo dinero, mi esposa va a comprar en la feria popular para tener más hortalizas baratas y víveres en la (carrera) 21», señala el mototaxista Jonathan Jaspe, mientras espera para hacer una «carrerita». Admite que comprando víveres a diario en la bodeguita terminan gastando más dinero. Esta realidad también la vive José G. Maldonado, quien trabaja como chequeador. «¡Aquí estamos sobreviviendo!», dice al admitir que apenas gana un estimado de Bs. 2.500 al día, gasta Bs. 600 en menú ejecutivo para almorzar, y de allí debe apartar para pagar cuatro pasajes.

Esta historia también afecta a la familia del transportista Jorge Luis Escobar, a quien le cuesta disponer de al menos $100 para la compra de víveres, sin incluir carne ni charcutería. Dice que terminan gastando más dinero a diario, porque deben comprar en bodegas.

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