La religiosidad en Lara lleva el nombre de la Divina Pastora entre la mayoría de los creyentes católicos, siendo un fervor cultivado desde inicio de 1.700 que recuerda la devoción española proveniente de Sevilla, desde la visión de fray Isidoro, con profundo arraigo entre los misioneros capuchinos.
Venezuela también sintió dicho fervor y especialmente la sagrada imagen fue considerada como la guía de un rebaño de almas, que cada 14 de enero siente las miradas del mundo con una de las procesiones multitudinarias que llega hasta la catedral de Barquisimeto.
Oswaldo Silva, presidente de la Sociedad Divina Pastora, recuerda que la devoción va más allá de las 168 procesiones hasta la catedral de Barquisimeto y el pueblo de Santa Rosa ha sido el terruño que ha mantenido la fe, ante los pedidos de auxilio de su feligresía. En ese primer momento, ya confiaban en su intercesión como una imagen milagrosa, cuya mediación velaba por la protección de sus hijos, como una figura maternal a la que le rezaban constantemente. Además de recordar que fue traída por los capuchinos, teniendo una valiosa contribución en apaciguar a los indígenas.


Primeros años de la Divina Pastora en Barquisimeto
Al regresarse en los registros históricos, Silva se ubica en la época de 1740 con la confusión de las imágenes de la Inmaculada Concepción y Divina Pastora, quedando esta última para el padre Sebastián Bernal, cuyo peso impidió que fuese movilizada. “Una de las pruebas más certeras de la devoción fue con este padre Bernal, quien confió tanto en su protección y la nombró como heredera de sus bienes”, explica tras el fallecimiento de este párroco de Santa Rosa.
Uno de los argumentos que más sorprendía a los santarroseños, fue cuando vivieron el terremoto ocurrido en marzo del año 1812. Recuerda Silva que fueron momentos de pánico, donde los daños materiales incluyeron a este pueblo a pocos kilómetros del centro de Barquisimeto. Lo insólito fue la destrucción que sufrió el templo y la nave que resguardaba la sagrada imagen de la virgen, siempre la mantuvo protegida.
Explica que la población lo percibió como un milagro, cuyo único poder divino pudo hacer frente a la fuerza de la naturaleza. Sintieron el recordatorio de una madre de Dios, dispuesta a garantizar la seguridad bajo su manto y dicho mensaje fue interpretado por una feligresía que acudía más seguido a su intercepción, principalmente en las promesas por salud. Le agradecieron esa bendición de la vida frente a una catástrofe que pudo extenderse a mayor tragedia.


Otro episodio decisivo fue el pedido de auxilio y cese de la pandemia de cólera y a la que no escapó Barquisimeto para el año 1855. De allí, es que Silva resalta que al año siguiente hubo un hecho muy significativo, precisamente el 14 de enero con la rogativa del presbítero José Macario Yépez, para el cese de tantas víctimas desde el sector Tierritas Blancas, actualmente siendo el área de la plaza Macario Yépez y que se recuerda con la Cruz Salvadora.
Lamenta que a mediados de año, muere a causa de fiebre tifoidea, como una de las secuelas de este flagelo que dejó fatalidad en el país y aún se recuerda al pronunciar el populoso sector Los Colerientos, donde reposan los cuerpos de quienes sufrieron esa letal enfermedad.


Fue así como surge la primera procesión desde 1.856, recordada por el cronista Romel Escalona como un proceso muy corto, al tratarse de pocos templos y durante los días domingos era que se realizaban los traslados. Llegaba a la iglesia Inmaculada Concepción, considerado como el templo parroquial y luego de 1869 le correspondía en la antigua catedral San Francisco. Eran misas que inicialmente se oficiaban en latín.
La sagrada imagen era traída en un cajón, para protegerla del polvo considerando que las vías eran de tierra. El acompañamiento no era tan multitudinario, pero siempre cargado de mucha fe y retoma Silva el relato con la bajada desde el antiguo camino de los españoles, bordeado por las riberas del río Turbio, la cual se extendía a lo que es actualmente la calle principal del barrio 23 de Enero, al este de Barquisimeto y anteriormente conocido como Tierritas Blancas.
Entre oraciones y cantos continuaba hacia una de las primeras paradas en casa del señor Casimiro Casamayor, actualmente a la altura de la avenida 20 con calle 16. Allí, destapaban el cajón y las damas limpiaban el polvo, volviendo a acomodarle al niño a la virgen.
¿Cómo llego a ser la procesión que conocemos hoy en día?
Otro fiel devoto era el señor Tarcisio Herrera, cuando la actual avenida Lara era la antigua carretera vieja hacia Santa Rosa. Así fue como se iban incorporando los homenajes de la orquesta Pequeña Mavare y la Banda Marcial, tras el emotivo arribo por el arco de la Sociedad Divina Pastora a pocos metros de la plaza Macario Yépez.


Para el año 1969, la ruta correspondía hacia la actual catedral, en la avenida Venezuela entre calles 29 y 30. Luego el recorrido se iba modificando y así tras salir del homenaje en la Plaza Macario Yépez continuaban hasta cruzar en la avenida Vargas con Venezuela, hasta la actual cuyo desvío es en la avenida Morán para incorporarse subiendo hacia la avenida Venezuela hasta la catedral, la cual estiman en un recorrido de 7.5 kilómetros.
Son varios siglos cargados de fe, entre corazones que pueden agradecer las promesas por salud y una mayoría que ha crecido en la devoción de la Divina Pastora, sintiéndose seguros como parte de ese rebaño de hijos y de su poder para poder levantar hasta al más cansado. Feligreses que no esperan para acompañarla sólo el 14 de enero, porque no se limitan a un calendario sino al sentir diario que libera angustia, genera sanidad y la confianza en la vida.


