Imaginar caer en las manos de un vampiro y morir lentamente desangrado fue uno de los pensamientos recurrentes que tenían niños y adolescentes a principio de la década de 1950 en Barquisimeto, lo que terminó convirtiéndose en una leyenda urbana.
Eran «Los Lazarientos» que se trasladaban en un tenebroso carro y buscaban sangre fresca, la cual era ofrecida para la sanación de pacientes adinerados, afectados con lepra. Así era el amedrentamiento que empleaban la mayoría de los padres, para asegurar que sus hijos no permanecieran jugando hasta la noche en las calles.
Sólo imaginarse tal escena terminaba erizando la piel y los nervios carcomiendo el estómago, más aún con la inocencia de los niños que sólo deseaban quedarse jugando un poco más con sus amiguitos. Sólo los más osados se atrevían a enfrentarse al miedo de caer en las manos de «Los Lazarientos», siendo presas de «Drácula».


¿Quiénes eran los lazarientos?
Destaca el cronista, Ramón Donai Torín, que supo de esta historia por el periodista y compositor Isaac del Moral, quien situó esta tradición oral entre los años 1953 al 1955, desconociendo quiénes fueron los primeros en decir que habían hombres conduciendo un carro Citroën del año 1948 por el centro y norte de Barquisimeto, en busca de sangre fresca.
Los identificaban como el personaje bíblico Lázaro, aquel que fue mendigo y terminó padeciendo de úlceras crónicas en toda la piel y se popularizó esta enfermedad muy contagiosa como «el mal de San Lázaro». Para ese momento, los enfermos eran aislados como un castigo por los pecados.
«¡Cuidado y se consiguen por ahí a Los Lazarientos!», era la advertencia y a tono de regaño de los padres cuando finalizaba la tarde, lo cual causaba curiosidad a los niños. Sabían que eran hombres vestidos de color oscuro que salían a recorrer las principales calles en un coche negro, que imaginaban como una especie de carroza fúnebre. Era la muerte ambulante que buscaba saciarse en la inocencia y pureza de los más pequeños.


Torín cuenta que dicho vehículo pertenecía a una familia que vivía en la carrera 31 entre calles 20 y 21, para esa época era el norte de Barquisimeto. Dicha casa era conocida como «El Fortín», por ser muy amplia y —a su vez— con cierto toque de misticismo. Los vecinos se creyeron una historia que terminó siendo conocida en toda la ciudad, porque fue divulgada con toda seguridad, tal como si fuese por las propias víctimas.
Resulta que los hombres eran descritos como fornidos, de brazos musculosos y rostros nada amigables. Sus miradas tenían destellos de odio y despertaban las reacciones inmediatas para entrar en pánico. Algunas de las víctimas no tenían oportunidad de correr, porque del carro que apenas era detenido a un lado de ellos los hombres lanzaban sus brazos como poderosos ganchos. A partir de allí, era imposible zafarse de esa red y sólo quedaba resignarse a la sentencia de muerte.
La oscuridad ganaba terreno y era cómplice silente de este maléfico encargo, los elegidos significaban la recuperación de personas adineradas, quienes confiaban en la pureza y el poder reconfortante de su sangre, capaz de acabar con esas llagas tan incómodas que iban destruyendo no sólo a la piel, sino al alma. Cada uno equivalía a una riqueza invaluable, considerando que cada litro de sangre era comercializado a cinco bolívares, un monto que era muy alto en la década de los año 50.


Todo era un misterio, porque los hombres no mencionaban ni una palabra durante el regreso a «El Fortín». Llegaban y se escuchaba un portón que le costaba deslizarse por el óxido, sonido que se repetía como un eco y desde ese momento cundía el clamor desgarrador de los niños por su vida. No sólo iban atados de manos, sino que llevaban sus ojos vendados, según ese imaginario que terminaba de aterrorizar a los pequeños.
Lentamente iban entrando hacia «El Fortín», niños y adolescentes no querían seguir caminando, por lo que algunos eran llevados en brazos. Así sólo escuchaban el retumbar de los pasos, como si estuvieran en un largo pasillo y culminando en extensos escalones que conducen hacia un sótano. Desde este momento, todo se convertía en terrorífico porque, supuestamente, allí esperaba un ayudante de Drácula. Una versión vampiresca, pero que en lugar de chupar la sangre de la vena yugular del cuello, sólo necesitaba utilizar una jeringa para llenar el envase, considerando el valor de cada litro.


La verdad detrás del mito
Torín explica que sólo se trataba de una leyenda y que el propio Isaac del Moral dijo que tuvo la oportunidad de conocer a la familia, cuyos integrantes no tuvieron ningún tipo de pacto maligno y mucho menos pertenecían a una secta. Recuerda que la casa estaba ubicada cerca del antiguo Tránsito Club, donde se realizaban grandes parrandas.
«Sólo era una leyenda urbana y una manera de presión de los padres para guardar a sus hijos en las noches», finalizó diciendo Isaac del Moral, reflexionando sobre cómo aquellos rumores sembraron la semilla de las historias sobre raptos de niños que aún persisten.




