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sábado, 11 julio 2026
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Salvar vidas: un reto que deja secuelas que el tiempo no cura

Rescatistas de Lara enfrentan el impacto emocional tras su labor para salvar vidas durante el terremoto en La Guaira.

  • Tras su despliegue en La Guaira, rescatistas larenses relatan las secuelas psicológicas de su trabajo. Para ellos, el acompañamiento profesional es clave para superar el desafío de salvar vidas en condiciones extremas.

El uniforme de los rescatistas aún conserva el polvo de los edificios derrumbados. Muchos de ellos ya regresaron a casa, afuera ya no se escuchan sirenas ni gritos, pero el silencio tampoco les trae descanso y es que en la memoria de cada uno de ellos permanecen las voces de quienes pedían ayuda, las miradas de familias aferradas a la esperanza y el peso de no haber podido llegar a tiempo en todos los casos para salvar una vida.

Ningún rescatista sale igual de una tragedia. Aunque regrese después de salvar una vida o de recuperar a una víctima, siempre hay algo que se queda entre los escombros. Quienes participaron en las labores de búsqueda tras los terremotos en La Guaira volvieron a casa, pero con una carga invisible que los acompañará por mucho tiempo.

Hombres y mujeres del estado Lara se mantuvieron por días en La Guaira, entre ellos el oficial jefe Alcides Rodríguez, miembro de la Unidad de Respuesta Inmediata (URI) del Ven911, quien todavía recuerda la inestabilidad de las estructuras y el clamor de auxilio, esta última parte es la que más recalca y su voz se entrecorta al tratar de contar las historias.

Rescatistas trabajaban hasta 36 horas seguidas

«No es tanto lo que llevamos por dentro, sino lo que nos queda. Querer hacer más y no poder. Hubo días en los que eran 36 horas de trabajo, buscando y tratando de rescatar con vida a las personas», relató Rodríguez.

Rodríguez contó que él junto a un equipo de 30 rescatistas de la URI llegaron a La Guaira cuando sólo habían pasado 12 horas de esa tragedia. Recordó que al llegar, sólo dijo «hay mucho trabajo por hacer».

Con picos comenzaron a trabajar, a ellos se unían familiares de las víctimas y vecinos tratando de recuperar vidas lo más pronto que pudieran.

Para Rodríguez, estar en esa tragedia le hizo cambiar su manera de pensar, destacó que para ser rescatistas se estudia sobre cómo son los pasos a seguir en catástrofes y aunque ha estado en algunos países salvando vidas, este doblete sísmico fue tan devastador, que para él estar en el punto cero fue el examen más fuerte de todos los años de experiencia que tiene.

El oficial comentó que esa madrugada del 25 de junio, cuando llegaron a uno de los sectores más afectados, escucharon que alguien les dijo: «tenemos a alguien con vida, necesitamos ayuda».

Salvar vidas: un reto que deja secuelas que el tiempo no cura

Lograron salvar aproximadamente a 10 personas

Todo estaba a oscuras, los rescatistas de diferentes instituciones y voluntariados trabajaron con lo que tenían a la mano, porque su misión era salvar vidas. El equipo de la URI-Lara logró salvar un aproximado de 10 personas con vida y en medio del dolor, para ellos fue gratificante.

Esta tragedia ha dejado secuelas en los rescatistas y una carga emocional que debe ser canalizada por especialistas en salud mental.

Más allá de enfrentar la inestabilidad del terreno por las múltiples réplicas, también estuvo presente el sufrimiento de los familiares de las víctimas que pedían a gritos salvar a las personas o por lo menos recuperar sus cuerpos. Eso es algo que para Luis Abarca, miembro del grupo de rescate Seventh en Barquisimeto y paramédico, lo mantuvo de pie y en esa lucha contra reloj.

«En este trabajo se enseña a guardar la compostura ante situaciones críticas, pero siempre queda ese espacio en el fondo donde toca esa fibra sensible, empática, que te hace sentir mal por las cosas que pasan alrededor», comentó Abarca.

Abarca recuerda que llegó a la zona, cuando habían pasado 72 horas del terremoto, un período en el que las posibilidades de encontrar sobrevivientes disminuye, pero aun así la emergencia también mostró historias que parecían imposibles, porque en esos días también quedó demostrado cómo las personas se aferraron a la vida y fueron halladas.

Al regresar a casa, por la mente de Abarca pasó que pudo haber hecho más, pero reconoció que ya no podía. Reconoció que quienes están de primera línea también necesitan atención, para él el acompañamiento psicológico no debe verse como una señal de debilidad, sino como una herramienta.

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