A Víctor Manuel Arroyo (53) lo recuerdan como ese hombre que siempre estaba presto a ayudar. Hace 15 años hizo su última parada, no para dar la cola a alguien, sino obligado por delincuentes a detener la marcha de su camioneta Toyota, porque pretendían robarlo y uno de ellos, sin que le temblara el pulso, abrió fuego contra él.
El 4 de mayo de 2010, Víctor decidió levantarse más temprano de lo usual porque tenía que hacer unas diligencias en Sanare, municipio Andrés Eloy Blanco. Su fiel compañera, su esposa, también se levantó para preparar todo y llevar a su hijo menor a clases.
Esa madrugada, Víctor salió junto a su esposa e hijo del sector El Algodonal, ubicado en el caserío Sabana Grande del mismo municipio. Salieron a bordo de la camioneta Toyota Land Cruiser, aún no aclaraba, pero en el camino se encontraron a dos jovencitos que iban a clases y Víctor se detuvo.
«¡Móntense!», les dijo, eso era lo que siempre hacía Víctor a todos los que veía caminando largos trayectos, les daba la cola, no le importaba cargar la camioneta full, sabía que los habitantes de ese caserío sufrían para poder llegar a sus destinos, por eso siempre hacía sus paradas para tender una «mano amiga».
A eso de las 6:30 de la mañana, justo iban pasando por la conocida curva «Mataburros» y unos hombres armados, que salieron del monte, lo obligaron a detener la marcha.
En medio del susto, Víctor se detuvo y desde la parte de atrás observó cómo uno de los pistoleros rodeó la camioneta y se fue acercando al lado del piloto, que sin mediar palabras le disparó a Víctor, hiriéndolo en la cabeza, mientras que a su hijo menor una bala lo rozó en el brazo.
Estando herido, Víctor dedicó los últimos segundos de su vida para salvar a su familia y es que la camioneta estaba rodando e iba hacia un barranco, él como pudo maniobró y la frenó.
Los criminales al cometer el hecho salieron corriendo de la escena sin llevarse ninguna pertenencia de las personas.
Los gritos desgarradores de la esposa de Víctor se escuchaban en la zona y unos caficultores que pasaban a eso de las 6:50 de la mañana por la zona se percataron de lo sucedido y de inmediato prestaron ayuda.
A Víctor lo trasladaron hasta el hospital de Sanare, pero no había nada que hacer, el hombre murió a consecuencias de la herida por arma de fuego.
Disparos contra Víctor alertaron a vecinos
El caserío era una zona tranquila y antes de que saliera el sol escucharon las detonaciones, ese sonido alertó a los pobladores, quienes de inmediato estuvieron en alerta a ver qué sucedía.
Algunos aseguraron que escucharon unos pasos de unas personas que estaban como escapando, por lo que dedujeron que se trataba de los responsables del ataque.
Los pobladores informaron a la Policía lo que estaba sucediendo y los funcionarios se trasladaron rápidamente hasta la escena del crimen para resguardarla, mientras que otro grupo iniciaba la búsqueda de los responsables.
Al grupo de funcionarios que buscaban a los implicados se les unieron los habitantes, quienes estaban indignados por lo que le habían hecho a Víctor, resaltando que era una persona que no se metía con nadie.
Cuando los uniformados, adscritos a la comisaría de Sanare, se adentraron en el caserío observaron a lo lejos un grupo de personas, quienes de inmediato les gritaron «esos son» .
Señalaban a un hombre moreno, pequeño de estatura, pelo negro y vestido con pantalón jeans verde y zapatos deportivos, que corría. Llevaba un arma en su mano derecha, mientras que el otro hombre de piel blanca y que vestía una franela azul, pantalón negro, trataba de escaparse.
«¡Alto, es la Policía!», les dijo uno de los funcionarios, pero los criminales no le prestaron atención y continuaron su huida.
Los hombres saltaron hacia el patio de una casa y continuaron alejándose por una zona boscosa. El que llevaba el arma la lanzó al suelo, esto con el fin de que el funcionario se detuviera a agarrarla.
El funcionario se detuvo e incautó el arma, sabía que más adelante estaban otros compañeros policías y habitantes quienes bordearon la zona.
Fue así como lograron atrapar a uno de los responsables del crimen que tenía para ese entonces 24 años de edad, que aunque forcejeó no tuvo salida y se rindió. Pocos minutos después lograron atrapar al segundo implicado, de 16 años de edad.
«Ellos trataron de huir, pero parecía que no conocían el caserío ni la hermandad que existe en toda la zona», comentó un vecino ese día.
A los dos criminales les colocaron las esposas y se los llevaron en una patrulla hasta la comisaría del pueblo, eran custodiados por habitantes de la zona, quienes exigían justicia por la muerte de Víctor.
Amigos y familiares de Víctor estaban muy dolidos por su muerte y hasta querían entrar a la comisaría para sacar a los criminales de allí, pero el cerco policial lo evitó.
«¡Justicia, justicia!», era lo que se gritaba en los alrededores de la comisaría, mientras que funcionarios les pedían paciencia y que serían juzgados por el delito que cometieron.
Varias hipótesis
Tras el crimen de Víctor Arroyo surgieron algunas hipótesis por parte de habitantes del pueblo y se rumoraba una venganza que no tenía que ver directamente con la víctima.
Para ese año, mencionaron que una sobrina de la esposa, supuestamente, había sido amenazada por su expareja de arremeter en contra de su familia. Mientras que otras personas decían que una persona dejó a los dos delincuentes en una posada de Sanare y la madrugada del 4 de mayo los llevó a la zona donde ocurrió el crimen.
Sin embargo, la Brigada de Homicidios del Cicpc asumió las investigaciones y descartaron las hipótesis que decían los pobladores; de hecho, en el expediente judicial no consta nada de eso, según una fuente policial.
El hombre, de 24 años de edad, quedó plenamente identificado en el expediente y fue imputado por el delito de homicidio agravado en la ejecución de un robo, porte ilícito de arma de fuego y uso de adolescente para delinquir.
La venganza quedó descartada como móvil del crimen, quedando el intento de robo como la causa.
Se supo que los dos hombres eran oriundos del estado Portuguesa.
Del adolescente no se conoció mayores detalles ni dónde se encontraba detenido. Lo que sí se supo del hombre, de 24 años de edad, es que fue trasladado a la antigua cárcel de Uribana y allí esperó juicio.
Según datos expuestos en la página web del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), el hombre fue condenado para cumplir una pena de 5 años y cuatro meses de prisión.
Sin embargo, en mayo de 2012 se lee que le otorgaron régimen abierto, una fase del sistema penitenciario en la que un recluso, tras cumplir una parte significativa de su condena, puede vivir en un Centro de Tratamiento Comunitario.


