En los últimos años, la narrativa simplista de que el venezolano sólo sabe expresarse por medio de groserías ha ido ganando terreno dentro y fuera de nuestras fronteras. Erróneamente, en otras naciones se ha instaurado la creencia de que nuestro léxico se ha empobrecido hasta convertirse en un repertorio limitado de insultos y vulgaridades.
Ante este fenómeno social, un grupo de personas en redes sociales han iniciado campañas para acabar con estos estereotipos. Las iniciativas «Yo sí hablo decente» o «Tu voz, tu bandera», critican abiertamente a este grupo de personas que, de una forma u otra, han utilizado las plataformas comunicacionales para mostrar una forma de hablar que no identifica a la mayoría de venezolanos.
Juan Carlos Gardié, actor venezolano radicado en el extranjero, encabeza la campaña «Yo sí hablo decente», una iniciativa que busca eliminar de nuestra jerga palabras que son una ofensa y con las que, lamentablemente, están identificando a muchos compatriotas en otras naciones.
«Nuestra campaña, es una campaña en procura del respeto entre las personas. Nos han hecho creer que normalizar un lenguaje procaz, soez, vulgar y grosero es lo que está de moda y es lo que está bien, pero no es así. Nosotros podemos, perfectamente, comunicarnos entre venezolanos que están dentro y fuera del país sin la necesidad de esas barbaridades. El poder está en la palabra», dijo en un video publicado en redes sociales.
A juicio del actor, es necesario que esta forma de hablar vaya cambiando y por eso ha hecho énfasis en acabar con dos palabras, groserías ambas, que son repetidas de forma sistemática por un grupo minoritario de personas.
¿Es esto un fenómeno aislado y únicamente presente en la comunidad migrante?, la evidencia documental dice que no.
Dioni Salas, sociólogo entrevistado por el equipo periodístico del diario LA PRENSA DE LARA, explica que, desde hace algunos años, la forma de hablar del venezolano se ha ido desformando, haciendo que nuestro lenguaje sea cada vez más violento.
«Esto evidentemente genera calificativos negativos en el marco de la comunicación. Eso es lo que comúnmente conocemos como groserías y está directamente relacionado con la pérdida de los valores y la poca educación de algunos venezolanos», dice.
El experto señala que, en estos momentos, en el país se ha deconstruido el proceso de ciudadanía que, históricamente, estuvo ligado al proceso de cooperación articulación adecuada y, por consiguiente, al marco de integración social.

Raíces del lenguaje soez
«La realidad empezó a cambiar a raíz de la depauperación de nuestra propia estructura socioeconómica y la desvaloración de nuestras familias y los procesos educativos. Así es como empezó a configurarse, especialmente en las nuevas generaciones, un marco de comunicación violenta», dice.
El relacionamiento entre venezolanos ha generado un indicador de competencia insana. Ahora mismo, los expertos hablan de un proceso de sobrevivencia individual que se basa en una comunicación que tiene como principio la violencia verbal.
Este fenómeno, presente en muchos estratos de la sociedad venezolana, se ha visto potenciado por el comportamiento de algunos migrantes en el extranjero. A juicio de los expertos, el comportamiento violento de una minoría ha terminado por estigmatizar a los venezolanos.
«Lamentablemente, los sectores más formados y más educados en nuestro país no se han hecho sentir con fuerza en el marco de una narrativa diferente. Son los sectores violentos los que han posicionado no sólo un lenguaje y una conducta, sino un perfil erróneo de lo que somos nosotros como ciudadanos y venezolanos», afirma Salas.

Impacto de las redes sociales
Para los especialistas, las redes sociales ayudan a visibilizar estos estereotipos, pero no modelan el uso de un lenguaje violento e inapropiado. En este punto, nos mencionan que plataformas como TikTok, lo que hacen es sexualizar su contenido.
Uno de los puntos que más preocupa a los expertos es la normalización de este fenómeno. En la política, por ejemplo, es normal ver a los líderes de un país recurriendo al insulto para referirse a su contrincante, una práctica que demuestra la pérdida de los valores de toda una sociedad.
«Cada vez que hay una declaración en algún acto, vemos a los políticos recurrir a los medios de comunicación para recurrir a la violencia y no solamente ocurre eso, sino que las masas aplauden. Es un retroceso social tremendo el que estamos viendo», dice.
Debido a esta situación, los especialistas aplauden las iniciativas personales para ir recuperando la identidad del idioma, incluyendo el papel de la educación en este proceso. Para esto, es necesario que se le entreguen a los maestros mayores facultades en el proceso educativo, no tolerando acciones violentas de ningún tipo. Otra de las cosas que hay que hacer es reconfigurar el marco familiar para empezar a rescatar a la ciudadanía desde las bases familiares.
El cine es un termómetro para medir lo viciado que está el lenguaje en Venezuela. Históricamente, los largometrajes que se producen en el país han mostrado un contenido muy vinculado a la delincuencia y, ahora mismo, la actualidad no es distinta. «De cada 10 palabras que se dicen, ocho son groserías», es un análisis recurrente.
El daño más visible de esta vulgarización es el que ocurre fuera de Venezuela. Para millones de venezolanos en el exterior, el acento y las expresiones coloquiales deberían ser un puente hacia la identidad, un modelo de reconocerse entre compatriotas, en cambio, se ha convertido en un estigma.
En Chile, en Perú, en España o Estados Unidos, el venezolano que abre la boca en un espacio público sabe que corre el riesgo de ser juzgado, no por lo que dice sino por cómo lo dice. No importa si se está hablando de literatura, ciencia o de política, la sola presencia de una grosería en su discurso o la sola expectativa de que la dirá, lo condena a ser visto como alguien inculto o vulgar.
Esto no es justo y, de acuerdo con los expertos, se explica desde un punto de vista social. En este punto, Salas menciona que cuando un pueblo exporta una versión de sí mismo en la que la grosería es el elemento más visible, no puede quejarse de que el mundo lo vea a través de ese prisma.
La buena noticia es que el estigma no es irreversible. El lenguaje es un hábito y los hábitos pueden cambiar, aunque eso requiere un esfuerzo colectivo.

Un lenguaje rico
Aunque en estos momentos la forma de hablar del venezolano es utilizada como una especie de estigma social, la verdad es que nuestro lenguaje es uno de los más ricos del continente. En redes sociales se han popularizado creadores de contenido que, sencillamente, se han enamorado de la cultura venezolana y se han empeñado en aprender a conocer términos que son propios del venezolano.
El habla del venezolano se ha popularizado en el mundo por convertir a un amigo en «pana», por llamar cotufas a palomitas de maíz o por calificar a la excelencia con un «chévere».
Para efectos de este reportaje, el equipo periodístico del diario LA PRENSA DE LARA revisó antecedentes históricos para encontrar el origen de muchas de las palabras que hoy en día forman parte de la idiosincrasia del venezolano. La investigación concluye que, aunque el idioma oficial de la nación es el español, lengua heredada de la colonización, la realidad es que el dialecto va mucho más allá, nacionalizando algunas palabras africanas o adaptando algunas frases en inglés.
Tan rico es el idioma en Venezuela que; de hecho, cada región del país tiene su propia lengua, su propio acento y, a pesar de ello, es fácil que entre todos nos entendamos. El marabino, por ejemplo, es conocido en el país por ser jovial. El andino, por su parte, tiene un tono más cantado, es más tranquilo, más respetuoso.
El oriental, por su parte, tiene un tono más fuerte. El uso marcado de la letra «r» es una de sus características. En esta línea, también aparecen los «guaros», los nacidos en el estado Lara, da igual el municipio, se distinguen por expresiones icónicas como «naguará», «ah mundo» o «va sie».
En este línea hay que mencionar también a los llaneros, famosos por hablar usando refranes como referencia o por exagerar en cada una de las historias que cuentan. En fin, una tierra vasta, con una riqueza de idioma única, que no merece ser señalada como un país en el que sus habitantes se comunican por medio de la groserías.
En definitiva, la estigmatización con la que deben lidiar los venezolanos en la actualidad representa un serio problema. Durante años, el venezolano se ha sentido orgulloso de su lengua, de su forma de hablar, pero ahora, en algunos países, han criminalizado a muchos por el simple hecho de usar expresiones venezolanas.
Al final, el lenguaje del venezolano no es pobre, sino todo lo contrario y reconocer esta riqueza no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de resistencia cultural, recordando siempre que, en nuestra forma de hablar, hay una enorme complejidad lingüística. Una historia de mestizaje cultural que nos hace únicos, resilientes y «chéveres» en cualquier parte del mundo.

