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martes, 27 octubre 2026
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Alberto Castillo Vicci: La mente que tradujo los primeros algoritmos en Venezuela

Su trayectoria transformó el estudio universitario en las carreras de ciencias.

  • Alberto Castillo Vicci nació en Barquisimeto en 1938, cuando la ciudad era tranquila y segura.
  • Formó parte del Centro Científico Cultural La Salle y fue bibliotecario, de ahí nació su pasión por la lectura y escritura.

Fundó las bases de la computación y la Inteligencia Artificial en Venezuela y ha creado carreras universitarias que han permitido la transformación tecnológica e intelectual de la sociedad. Alberto Castillo Vicci es un larense ejemplar y un hombre adelantado a su tiempo. Su nombre empezó a escribirse en la historia por ser el programador de la IBM 650, el primer computador instalado en Latinoamérica y en el país en 1958.

A su mente la rige la lógica, los patrones, las soluciones numéricas, pero también a diario lo persiguen personajes fantásticos, cuyas vidas, emociones y aventuras plasma en novelas de ciencia ficción, en las que ha intentado explicar los misterios del universo y predecir el avance del mundo. 

La creatividad de Alberto Castillo o “Kiko”, como le dicen sus amigos, lo ha llevado a escribir 31 libros en total desde 1980, además de investigaciones científicas, ensayos, cuentos, ocho novelas y hasta obras de teatro.

Su creación intelectual ha sido hito para la historia del pensamiento tecnológico, como el libro “Machina Ratiocinatrix: En busca del razonamiento automático”, publicado en 1993. Una investigación de 10 años que fue la primera en abordar el tema de la Inteligencia Artificial desde sus fundamentos filosóficos y lógicos en el continente Latinoamericano. Pasarían más de 30 años para que alguien en este país se atreviera a escribir otro libro relacionado con sistemas y algoritmos.

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A eso se le suma que ha creado al menos 15 proyectos de pregrados, posgrados y unidades de investigación en sistemas, informática, computación, telemática, electrónica, filosofía de la ciencia, Inteligencia Artificial y de ingeniería de producción, para universidades como la UCLA, Universidad Yacambú, UFT, Unexpo, entre otras.

Una infancia feliz

Nació en Barquisimeto en 1938, cuando la ciudad era tranquila y segura. A sus 88 años recuerda con precisión su feliz infancia, rodeada de amigos del Colegio La Salle, como Omar Montero, Tito Sidow, Alejandro Dappo, entre otros, con los que hacía excursiones a los pozos de la quebrada Tabure en Agua Viva, guiados por el Hermano Gamaliel Basilio, para descubrir ecosistemas naturales, huellas y fósiles de animales prehistóricos.

Un día entró a una cueva por un agujero muy pequeño, amarrado de una cuerda que sostenían sus compañeros. Desafió así su claustrofobia con el único objetivo de indagar si en ese lugar había entierros indígenas. Sonríe al recordar la hazaña, haciendo notar que en la actualidad sería impensable arriesgar su vida.

Formó parte del Centro Científico Cultural La Salle y fue bibliotecario, de ahí nació su pasión por la lectura y escritura.

La Salle

De niño le gustaba construir aviones de madera liviana y hacerlos volar en lo que hoy es el Aeropuerto Internacional Jacinto Lara. Se divertía con aeroplanos a control remoto que tenían una hélice y un motor, “¡los precursores de los drones!”, exclama el intelectual.

Armar aviones de juguete le ayudaba a controlar el temblor de sus manos, una condición que padece y que le impidió estudiar ingeniería civil a los 17 años, tras egresar del bachillerato, ya que en esa época los planos se hacían a pulso, antes de la llegada de los programas de diseño y cálculo digital.

Contó que en su adolescencia le gustaba ir a los cines de Barquisimeto y estuvo en el estreno del CinemaScope “la pantalla gigante”, que llegaba de la mano con la modernización de las salas de cine en la década de los 50.

Linaje de intelectuales

Alberto Castillo Vicci nos recibió en su acogedora casa para esta entrevista, acompañado de su esposa, la doctora Alesia Nass Albizu, quien fue directora del Hospital General Universitario Dr. Luis Gómez López. 

Tienen 64 años casados y cinco hijos: Alberto y Alesia Cristina que son ingenieros electrónicos, Martín que es administrador y experto en mercadeo, Luis María que es médico y Claudia que es administradora con maestría en gerencia.

“A Alessia la conocí cuando tenía 14 años y yo tenía 23…La vi y me enamoré inmediatamente de ella”, comentó risueño, destacando la impactante belleza de su compañera de vida. La conoció en Caracas, ciudad a la que se tuvo que mudar cuando se graduó del Colegio La Salle.

Tras bastidores, su esposa nos confesó que el matrimonio se llevó a cabo cuando ella tenía 16 años, con autorización de sus padres y el joven Alberto perdió varias becas universitarias en el exterior para esperarla, porque estaba convencido de formar una familia con ella. Toda una gran muestra de amor.

Alberto supo desde muy temprano hacia dónde orientar su vida profesional y una de las primeras cosas que nos platicó, es la importancia de seguir una vocación.

“Para los creyentes como yo, la vocación es algo que Dios nos da. Arnold Toynbee, uno de los historiadores más grandes, aclara en su estudio que hay que ver la suerte que tiene quien descubre su vocación. La mía es ser profesor y la tengo también por herencia”, resaltó

Sus valores, el amor por la pedagogía, por el trabajo y ser un crítico, lo heredó de sus padres y antepasados. Su bisabuelo, Luis María Castillo, fundó el Colegio Federal de Primera Categoría en Barquisimeto (1884-1902y teólogos.

Su abuelo, Luis Castillo Amengual, fue médico, escritor y profesor. Y su padre Alberto Castillo Arráez fue un hombre polifacético, que dedicó su vida a la educación universitaria en la UCV. Se graduó de maestro en la Escuela Normal Miguel José Sanz, luego obtuvo el título de profesor en el Pedagógico de Caracas y cursó posteriormente un doctorado en filosofía en la UCV.

Recuerda que su papá era muy popular y fue precursor del periodismo radiofónico e impreso en el estado Lara. Fue uno de los primeros redactores y narrador de noticias, moderador de espacios de opinión y comentarista en emisoras de radio. En  1953 fue parte del elenco protagónico de la serie “Los casos del inspector Nick”, que se transmitía en Televisa, señal pionera que hoy es Venevisión.

“Del lado paterno los Castillo Arráez son una familia tradicional y antigua de Barquisimeto”, resaltó.

Su madre, fue Blanca Vicci Oberto, era hija de Giovanni Vicci De Gasperis, un italiano que llegó al municipio Torres y se casó con una caroreña, Mercedes Oropeza.

“Mis abuelos maternos se fueron a vivir a Duaca, donde tenían un negocio, todavía ese edificio existe: ‘la Casa Eléctrica Bernal V’. Mi abuelo importaba radios de Italia y de todas partes; en esa época el entretenimiento en los hogares eran las radionovelas”, evoca.

Sus padres se separaron y tuvieron otras parejas. Destacó que su mamá se volvió a casar con el doctor Esteban Agudo Freytez, quien fue gobernador del estado Lara y durante su gestión ordenó la construcción del Monumento Obelisco para el Cuatricentenario de Barquisimeto.

IBM y el progreso del país

Alberto Castillo Vicci, se ha caracterizado por ser un servidor público. Sus conocimientos han estado a favor del país, tanto para la creación de carreras universitarias relacionadas con la ciencia, como para diseñar los primeros programas de computación para la administración pública en Venezuela y en la naciente democracia.

La Sociedad Venezolana de Computación (SVC), en cuatro oportunidades lo ha reconocido con el “Galardón de Destacada Trayectoria”, por lo que fue su trabajo en la IBM de Venezuela, en donde obtuvo su primer empleo en 1957.

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En esos años, el ingenioso barquisimetano se mudó a la capital, con la intención de cursar estudios universitarios. En un principio intentó estudiar en la UCV, ingeniería civil, pero por el temblor esencial en sus manos no pudo cursar la carrera, además indicó que le gustaba las matemáticas, pero no lo convencía la ingeniería en ese momento. Resaltó que la universidad era paga y valía 1.500 bolívares al año y su padre no contaba con los recursos para pagarla.

Así que Alberto decidió trabajar para costear sus estudios. Acudió primero a su tío político Carlos Felice Cardot, abogado, escritor de libros, como las “Cuatro Generaciones”, esposo de una tía paterna, Ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Marcos Pérez Jiménez, y le pidió ayuda para ver si podía conseguirle una beca a través de la Creole Petroleum Corporation.

Logró una entrevista en la transnacional petrolera en la que le aplicaron un examen psicométrico, pero le negaron el trabajo porque sólo contrataban a ingenieros. Sin embargo, eso no lo amilanó.

En ese momento ya tenía gran interés por la tecnología y las ciencias y por recomendación de la segunda esposa de su padre, aplicó para conseguir su primer empleo en el mundo de la informática, en la multinacional estadounidense IBM.

Contó que le hicieron tres pruebas de lógica: de serie numéricas, analogías de figuras y razonamiento aritmético y respondió cada pregunta con agilidad terminando a los pocos minutos de haber iniciado el examen. Acertó en todas las respuestas, sorprendiendo hasta al propio presidente de la IBM, quien mandó a contratarlo inmediatamente.

“El encargado de la IBM al momento de contratarme me dijo: he corregido entre 80 y 100 exámenes en mi vida y nunca me había encontrado con uno donde no se equivocaran en ninguna respuesta. Se lo llevé al presidente de la IBM y me dijo que te empleara de una vez con un sueldo de 1.400 bolívares. Eso era un dineral en ese momento, cuando el dólar estaba a 3,35 bolívares”, recalcó.

Su inicio en esta empresa fue aprendiendo programación. Cuando se instaló la primera computadora IBM 650 en Venezuela y en el continente en el año 1958, era operada por técnicos y vendedores, pero después le dieron la oportunidad a Alberto de operar este primer computador electrónico, que era utilizado principalmente para prestar servicio a compañías petroleras, realizar tareas de contabilidad, como el manejo de nóminas, inventario, facturación y para la investigación.

En ese momento, las computadoras eran enormes y muy costosas. La IBM 650 fue la primera computadora producida en masa y utilizada por empresas y universidades. La llamaban el “cerebro” de las organizaciones y fue un punto de inflexión para la evolución de la informática en el mundo.

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El modelo 650 constaba de tres armarios (consola, alimentación e interfaz de lectura de tarjetas perforadas) que junto con su unidad de alimentación pesaban 1.350 kilos, por lo que ocupaba mucho espacio. A través del uso de tarjetas perforadas facilitaba la programación y el acceso a datos.

Con 20 años, Alberto recuerda que la empresa le aumentó el sueldo a 2.500 bolívares en ese momento, lo mismo que ganaba un ingeniero. Para entonces ya tenía interés de estudiar ingeniería en computación, una carrera que no existía en Venezuela. Entre sus obligaciones estaba la de hacer la nómina de la Gobernación de Caracas. En ese momento compaginaba su trabajo con el estudio de la carrera de economía en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

Luego, la Universidad Central de Venezuela encargó en 1961 un computador: la IBM 1620, para facilitar los estudios científicos de informática en el país, que era un área poco explorada en la época y abarcaba el cálculo numérico, y contrataron al joven barquisimetano. Contó que decidió dejar la carrera de economía en la UCAB y se inscribió en la UCV.

“Sin embargo, en esa época la universidad era un centro revolucionario donde la corriente dominante se oponía a que la carrera de economía tuviera materias de matemáticas, argumentando que eso era ‘burgués’. Viendo la situación, no sabía qué hacer y consideré volver a la Católica”, relató.  ), que fue la primera universidad del estado Lara, graduando a médicos, abogados


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