Los 94 años de vida de Elena Francisca Ravasio, la querida “Paquita” que se entregó sin reservas a proteger y amar al más necesitado, quedan cortos frente a una obra de una sierva de Dios, tal como la identifican quienes conocieron su apostolado, siendo el refugio para niños y personas vulnerables, incluso privados de libertad.
Su huella es imborrable en los corazones que agradecen su generosidad y solidaridad, sin mezquindad para ofrecer alimentos, nutrir el alma con la cercanía del Señor y confiada en la formación con valores en niños o jóvenes expuestos a la violencia, que trabajan por cumplir un propósito de vida como ciudadanos honestos.
Su empatía e inmenso amor, no se detuvieron este 7 de abril de 2026, cuando cambió de paisaje. Momento en que el duelo se pierde en el suspiro de eternidad, de esta italiana que llegó en el año 1969 junto a su hermano, el presbítero Andrés Ravasio, para ser una misionera y con una visión tan clara de conocer la realidad, al vivir en una humilde vivienda en el barrio El Triunfo de Barquisimeto.

Un legado que parte del amor
Por más de 50 años tuvo el mérito más alto como la madre de los olvidados y se consagró con el abrigo brindado en “La casa de los muchachos”, que inicialmente llegó a albergar a más de 350 niños, extendiéndose más allá de Barquisimeto y llegando a los municipios Torres y Simón Planas. Mientras superaba los dos mil beneficiados con el comedor.
Paquita estuvo muy vinculada con la obra Don Orione, por lo que el padre Miguel Ángel Bombín la recuerda desde el apoyo al Cottolengo y al Hogar de Niños Impedidos (Honim). Un acercamiento desde Caritas y junto a su hermano, presbítero Andrés, siendo como una fraternidad para el servicio.

Ternura y firmeza caracterizó a Paquita
“Fue refugio para los más necesitados y los ayudaba de corazón”, exclama Bombín, de quien considera fue capaz de institucionalizar la caridad. La describe con el toque femenino, de ternura y firmeza, porque su atención implicaba cariño y disciplina, debido a que tuvo las vivencias del barrio con las amenazas de niños condenados a la violencia, a la incertidumbre de la situación de calle, acechos de vicios y siempre dispuesta a salvarlos con la comida, apoyo y formación, teniendo convenios con el Ministerio de Educación para contar con docentes, así como el Inces que permitía capacitarlos en un oficio, para su independencia económica.
Ella quería ciudadanos honestos, con un ideal de vida y seguros de un propósito por cumplir. Paquita no sólo suministraba alimentos sino que enseñaba a ser fuertes, defenderse y valorar las oportunidades de superación. Sus gestos se traducían desde la seguridad de la caridad y el cariño.
“Paquita fue la caricia de Dios para los pobres”, destacó la hermana Ana Pérez, de la Congregación Agustinas Recoletas, durante la misa de despedida y que le tenían profundo respeto con admiración por su parecido con la beata María de San José, quien lo entregó todo para acoger a los pobres.

“Se nos fue nuestra madre y quien puede ser la próxima sierva de Dios”, indica de quien podía hacer milagros, logrando rendir la comida. Jamás olvidarán que siempre recalcó: “Hagan el bien a los pobres, porque te sientes mejor” y con esa premisa fue que la congregación aceptó la continuidad de esta obra desde “La Ciudad de los Muchachos” y “Chiquilladas” hace casi dos años, por solicitud de la propia Paquita ante su avanzada edad y estado de salud. Lo asumieron como un compromiso de mantener su obra.
Así dio un ejemplo como laica, tal como mencionó el obispo Victor Hugo Basabe, destacando que vivió para el bien y el servicio, de esas personas que no hacen ruidos ni buscan la gloria. Una fiel demostración de los “santos de al lado”, tal como lo reiteraba el Papa Francisco.
Un grupo de seguidores de la virgen de Coromoto, también destacan su fe por la patrona de Venezuela y asocian el legado de Paquita con la santa María Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia, que insistía en mostrar misericordia al prójimo, siempre y en todas partes. Sin dejar de hacerlo, ni excusarse, ni justificarse.

Al fondo del corazón
La iglesia San Vicente de Paul se cundió del dolor con su despedida, de quienes la extrañaban y admiran a esta humilde servidora, quien fue capaz de sanar heridas y enseñar a superar los vacíos de las adversidades. “Me dio la oportunidad de estudiar, pero lo que más me marcó fue esa mujer tierna, amorosa y muy humana”, dijo Dinoska Jiménez con un nudo en la garganta por llanto, de quien siempre tuvo palabras hermosas para todos sus beneficiados. Les llamaba la atención y les aconsejaba, con una nobleza tan indescriptible de recibirlos sin discriminación.
Mientras Gerardo Pastrán, titular de Projumi, destacó el legado de Paquita como una insigne mujer, concebida como una santa en vida. “La relacionamos con la vida del doctor José Gregorio Hernández, siendo una santa de este nuevo milenio”, señala de ese don en que todo está en amar y servir, tal como lo resalta el sacerdote jesuita, Miguel Matos. Ese servicio con amor, siempre fue la carta de presentación de la querida Paquita.
Frente a su ataúd, estuvieron desde religiosos, jóvenes con discapacidad de la obra Don Orione, personalidades de la sociedad, aquellos que crecieron con sus valores y fueron salvados de los miedos y penumbras. Fueron muestras de afectos, de quienes se sintieron en orfandad y con el frío de la calle, que tuvieron el caluroso cobijo de la madre Paquita.

