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Mitos y Leyendas: «Los Muerticos» aún salen al acecho en Las Tunas de Tamaca

El sonido del galope de caballos, ver jinetes deformados y hasta varias personas caminando que suelen desaparecer en fracción de segundos son algunas de las apariciones que identifican como «Los Muerticos» de Las Tunas. Es la leyenda tenebrosa de la parroquia Tamaca y en alusión a las víctimas de la pandemia por gripe española ocurrida en el año 1918. Sus cuerpos han quedado bajo sembradíos y poblados, mientras sus fantasmas se empeñan en atormentar a vecinos de este sector, vía Cordero, al norte de Barquisimeto.

Tras el ocaso, las sombras del semiárido suelen ser la amenaza para los habitantes, quienes saben de esta historia de comienzo del siglo XX. Noches con cantos de las pavitas como señal de mal augurio y escuchar a «Los Muerticos», tal como lo recuerda Ana Teresa Aranguren, cronista de Tamaca, de ese tramo de Las Tunas, vía a El Potrero o Tamaquita.

Son caminos de tierra y de poco alumbrado. La señora Catalina lo vivió y su bisabuela Miranda le comentó que también sintió pánico cuando escuchó los ruidos de los cascos de caballos por el estrecho caminito, al frente de su casa, que comunicaba a Tamaquita. No eran tantas familias y su vivienda quedaba muy retirada, además de escasa luz con mecheros (enchumbados en kerosene).

Las Tunas: un lugar en donde se sentía el terror por estas almas

La soledad y el luto angustiaba aún más a doña Miranda, porque su esposo y varios de sus hijos murieron a causa de la gripe, llamada «peste negra», siendo una tos crónica tan agresiva en los pulmones que llegó a 100 millones de fallecidos en el mundo. Aranguren cuenta que era tan fuerte que tenían que aislar a los contagiados, sacarlos de la comunidad y en la mayoría de los casos morían en el camino. Afectó a Nonavana, el primer asentamiento que se extendió a otros sectores de esta zona.

Catalina también contaba que su bisabuelo era don Joaquín, quien se dedicaba al traslado de los fallecidos al cementerio, en arreo de mulas y podía tardar entre dos y tres días, dependiendo del lugar de donde salía. Era un trecho que a veces comprendía caseríos distantes de Duaca y los llevaba para la sepultura en el cementerio municipal de Barquisimeto. Acostumbraba a andar con sus hijos mayores para que le ayudaran a excavar la fosa y en varias oportunidades los cuerpos empezaban a descomponerse por tantas horas de exposición al sol y sólo protegidos por una sábana.

Con tal emergencia empezó a preocuparle que los cadáveres no podían esperar tanto tiempo y le tocó improvisar un cementerio entre esos caminos de Las Tunas, Tamaquita y El Potrero. Además, que no lo acompañaban familiares de los difuntos, por lo que era más práctico enterrarlos y clavar la cruz, la cual quedaba sin identificación y sólo dejar una prenda de vestir o accesorio de esa persona.

Así es como Catalina cuenta que más de 50 cuerpos fueron sepultados en esta zona. Con el pasar del tiempo, luego hasta el mismo don Joaquín estuvo en esa lista y sus almas solamente eran encomendadas a la Virgen del Carmen, Jesús y a Dios.

«Desde esa época aún salen ‘Los Muerticos’ en busca del lugar donde no llegaron», dice Aranguren, lo cual además de ser corroborado por la señora Catalina, era ratificado por Julia, al ser inolvidable una noche de luna clarita. Ella escuchó cascos de caballos y que lo más probable podían ser de mulas, tal como las de Joaquín.

No aguantó la curiosidad y se asomó por la ventana, pero no asimilaba lo que estaba viendo, al punto de describirlo y volver a sentir su piel erizada de miedo, porque «era un jinete con su tronco larguísimo, con la cintura tan larga que daba con el nivel de la casa y el rostro no se le veía». Julia quedó como petrificada y ni siquiera podía explicarle a su esposo, porque al poco tiempo ese espectro se desapareció y todo quedó en silencio.

Los testimonios de quienes fueron espantados por «Los Muerticos»

Otro testimonio fue el de Maritza, quien siendo joven, también vio a un caballo que asustaba a un hombre mientras éste iba corriendo gritando y muy asustado. Lo más traumático fue al preguntarle a un vecino si los había visto, pero no escuchó sus alaridos.

El susto fue mayor para Petra María, quien había salido tarde de la clase de Misión Ribas e iba con su pequeño hijo muy cerca del estadio. Sentía que iba a morir, cuando vio que cuatro hombres desconocidos venían saliendo del área del dugout y empezaron a perseguirla. Se echaron a correr y al llegar sin poder respirar a su casa, ellos habían desaparecido. Lo más cumbre fue que al contarle a su vecino Victorino, le dijo sonriendo: «Yo los vi y no me extrañó, porque supe que eran ‘Los Muerticos'».

La comunidad ya está al tanto, que al ver o sentir esas presencias extrañas por los caminos hacia Tamaquita, se trata de «Los Muerticos», admitiendo que es imposible no sentir miedo.

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Guiomar López

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