- Aquel 19 de octubre de 2025 terminó la larga espera de los venezolanos. En una solemne ceremonia en la plaza de San Pedro del Vaticano, el papa León XIV canonizó al insigne médico trujillano, José Gregorio Hernández, y a la Madre Carmen Rendiles.
La entrega absoluta, profundo desapego, junto al mensaje de amor y esperanza al más necesitado, unen a San José Gregorio Hernández y Santa Carmen Rendiles, quienes sintieron la misma necesidad de ayudar a aliviar el sufrimiento del prójimo. Es sólo una de las referencias más significativas que resaltan la Iglesia y los laicos, al celebrar el primer aniversario de la canonización de los primeros santos venezolanos, símbolos de caridad y bondad de estos servidores de Dios.
Aquel 19 de octubre de 2025 terminó la larga espera de los venezolanos. En una solemne ceremonia en la plaza de San Pedro del Vaticano, el papa León XIV canonizó al insigne médico trujillano, José Gregorio Hernández, y a la Madre Carmen Rendiles. Este histórico hito fue posible gracias a que el papa Francisco, pese a su comprometido estado de salud, había aprobado previamente los decretos de santificación el 25 de febrero y el 31 de marzo de ese mismo año.
El júbilo se mantiene intacto, al igual que el interés por continuar descubriendo la nobleza de estos seres excepcionales, quienes movidos por la pureza de su corazón asumieron el servicio como estilo de vida. Es un orgullo recordar a la ilustre caraqueña que fundó la Congregación de las Siervas de Jesús de Venezuela en 1965. Su obra alcanzó una notable aceptación y logró expandirse a varios países, brindando educación a niños en situación de pobreza extrema. Asimismo, fue un testimonio vivo de superación: su convicción y entereza se sobrepusieron a cualquier limitación física, demostrando que un solo brazo bastaba para transformar vidas. Hallaba la paz en la oración, evangelizaba con fervor y sorprendía a todos con su talento para la pintura y la carpintería.

Al evocar a San José Gregorio Hernández, es inevitable vincularlo con su profunda faceta profesional al servicio de la humanidad, la cual le valió el título de «El médico de los pobres». Más allá de sus valiosos aportes a la academia, su entrega fue tan grande que halló su única recompensa en el calor humano, mostrando una disposición constante para sanar heridas y acompañar en los momentos más difíciles. Representa un camino de luz y esa santidad que se cultiva en lo cotidiano, libre de pretensiones y volcada enteramente al servicio del prójimo.
Una obra traducida en emociones, tal como lo explica Reinaldo Garrido, párroco de la iglesia Nuestra Señora de Altagracia, donde resguardan la reliquia de primer grado de este trujillano universal. «Vivió consagrado al Señor y entendió lo que quería para su vida, pese a las dificultades que le impidieron ordenarse de religioso, a sabiendas que la santidad se vive desde lo que te apasiona en la vida», expresó.
El reflejo de esta santidad en la cotidianidad se expresa en los deseos de colaborar, ponerse en el lugar del desorientado, de esa persona que está a punto de perder el sentido de su vida, porque la empatía es el pilar espiritual para enfrentar cualquier adversidad.
Garrido asocia la caridad de San José Gregorio Hernández con la misericordia de Dios, como esa invitación abierta a socorrer, a servir de apoyo y reconocer que el aliento más reparador no es el respaldo material o económico, sino el de la fuerza que puede llevar a la acción, transformada en obra de caridad.
Su fe se revitaliza en una vida cristiana, en su perseverancia, como un fiel ejemplo de la superación de dificultades, cuando pudo más la constancia que la frustración o dolor por los tres intentos fallidos de ordenarse como sacerdote, hasta por enfrentar problemas de salud.
«Su mensaje fue claro, el de vivir los procesos y entender la voluntad de Dios, siempre con su poder definitivo. La constancia cobró más fuerza que la inmediatez«, destacó Garrido. Habló del carácter analítico del Santo, quien supo interpretar que cuando se hace el bien, siempre estará la amenaza del ruido del mal, intentando bajar los ánimos. Él siempre perseveró y por eso se ajustó a las circunstancias.


El sacerdote resaltó la permanente búsqueda de la caridad, porque siempre habrá alguna persona que necesite de otra y no se trata de verlo como un compromiso, sino de la entrega de corazón, con el desapego a lo material, resentimientos y ataduras emocionales, porque es la única manera de sentirse libre. Las cargas terminan siendo tan pesadas que impiden ser un ciudadano ejemplar, profesional íntegro y solidario.
Tal espiritualidad es uno de los motores que puede impulsar a la familia venezolana; en especial a esos padres que entienden que el hogar no se construye simplemente levantando paredes, sino teniendo a Cristo en el corazón y nutriéndose de la sensibilidad de quienes expresan el amor que guardan en su interior.
Así percibe el acercamiento de la feligresía a la reliquia: una devoción que los compromete a formar a sus hijos y orientar a sus parientes. Los fieles llegan para compartir valores de hermandad y buscar aliento frente al frío de la soledad, una de las tantas heridas que ha dejado la migración en los últimos años. Al estar frente a ella, sienten su presencia como una invitación abierta a seguir los caminos de Dios, tal como lo están viviendo durante la novena de oraciones en la iglesia Nuestra Señora de Altagracia, en el centro de Barquisimeto.
Compromiso laico
Los voluntarios del Proyecto Juvenil Misionero (Projumi), también se complacen de tener a San José Gregorio Hernández como su patrón y al hacer de su ejemplo de caridad esa fuente viva de energías para los laicos que pueden ganar protagonismo al aportar a la sociedad. No están ajenos y se involucran, siempre aportando a las nobles causas.
Gerardo Pastrán encabeza este equipo de Projumi involucrado con el prójimo, dispuesto a sanar al enfermo y a acompañar. «No es sólo llevarnos su imagen en nuestro corazón, porque trasciende de conservar su estampita. Hay que aportar como laicos ejemplares y ansiosos por abrirse a la cultura cívica», destaca.

Cita la referencia de San José Gregorio Hernández, como el insigne hombre en tiempos de crisis. «Un ser tan humilde, reclamado por su gente y por su extraordinaria religiosidad reforzada desde la fe, esperanza y caridad«, insiste.
De allí, que Projumi se fortalece con el servicio, con un impacto que no se mide por cantidad de atendidos, sino por la colaboración de un equipo multidisciplinario, dispuestos a alejar a los más vulnerables de los riesgos y el peligro latente en una sociedad, capaz de disfrazar la maldad u omitirla por indiferencia.
Tiempo de actuar
Al describir la misión ante la sociedad, Pastrán reconoce que la familia y, sobre todo, la juventud requieren de una atención prioritaria. Asimismo, vincula la santidad con la empatía para buscar soluciones y adaptarse al dinamismo social, sin atropellar ni descuidar las necesidades de los sectores más vulnerables.
«Los pobres no pueden esperar, y eso lo aprendimos de este santo, capaz de compenetrarse directamente con el sufrimiento», señala Pastrán. Para él, la verdadera fe vivencial es aquella que lleva a los laicos a conectarse más allá de la oración: comprometerse con la sociedad y tender la mano en entornos difíciles, como los hospitales. Implica, además, no ignorar el vacío de los jóvenes atrapados en la ansiedad, la depresión o el riesgo del suicidio ni la profunda soledad de los adultos mayores, a quienes la Palabra de Dios ofrece sanidad.
Se trata del compromiso de experimentar el gozo de la santidad a partir del amor al prójimo y una caridad auténtica, sustentada en la prudencia y la justicia por un mundo más equitativo. Son cimientos que permiten superar los obstáculos gracias a la certeza de caminar junto a Dios, ejerciendo un liderazgo que impulsa a avanzar sin retroceder.
Así lo confirma el testimonio de Amílcar Escalona, acólito y ministro extraordinario de la comunión en la iglesia La Consolación: «El servicio litúrgico me alimenta espiritualmente en la eucaristía, pero entiendo con claridad que el altar y la calle no pueden estar separados. Lo que se recibe en el templo debe entregarse al pueblo que sufre», señala.
Escalona aclara que, para un laico comprometido, «la caridad no es una simple limosna ni una idea abstracta; es acercarse a quien carece de medicinas, a quien pasa hambre o a quien necesita consuelo». Desde allí se anuncia a Dios y se siembra un auténtico sentido de fraternidad.
Asimismo, reconoce que buscar la santidad en Venezuela no implica resignarse al dolor ajeno ni dejar que las dificultades apaguen la compasión. «Se trata de servir al Señor en la belleza de la liturgia; como laico, mi vocación es llevar esa luz al altar de la cotidianidad: en la familia, el trabajo y la comunidad. Es vivir la santidad con el delantal del servicio puesto y traducido en obras«, añade.
Resume su vocación en una fe viva que abraza la misión eclesial de escuchar y socorrer al más necesitado. No se trata de reducir la Iglesia a una institución de beneficencia, sino de entenderla como un espacio de acompañamiento espiritual y humano, portador de la Palabra de Dios y del consuelo que anhela quien sufre.
Al evocar el legado del beato José Gregorio Hernández y de la beata Carmen Rendiles —quienes atravesaron duras pruebas sin quebrantar su fe—, Escalona los propone como modelos frente a las adversidades actuales de los venezolanos, convencido de que la misericordia divina permite salir adelante.
Con motivo del primer aniversario de la canonización del doctor José Gregorio Hernández y la madre Carmen Rendiles, también se lleva a cabo en Caracas la peregrinación «Caminando con nuestros santos». El recorrido abarca emblemáticos templos, como la iglesia San Francisco y la Catedral de la capital del país.
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