Un dolor profundo, de esos que dejan sin aliento y parece interminable; carcome a familiares de las ocho víctimas carbonizadas, tras la colisión de dos vehículos de carga e inmediata explosión en la madrugada de este sábado 18 de abril en la carretera centroccidental, a la altura de Pozo Guapo, municipio Torres. La voracidad de las llamas magnifica las dimensiones del caso y amerita del estudio de un antropólogo forense para la certera identificación de los cuerpos. Parientes confirmaron que siete son oriundos de Táchira y uno de Valencia, así como también se conoció de cinco lesionados de esta tragedia.
Este accidente que ocurrió a las 5:40 a.m., cuando un camión Ford Cargo 1721 regresaba con 11 personas desde Valencia, donde había descargado las hortalizas e iba de retorno hacia La Grita, en el estado Táchira. Pero justo en ese tramo se consiguen de frente a un camión Ford 750 que venía cargado con carbón vegetal y en sentido hacia Barquisimeto. En cuestión de segundos, se produce la explosión que se propagó con más fuerza por la combustión de tanto carbón. Les faltaba poca distancia para desviarse hacia la carretera a Trujillo para continuar su destino.
El fuego arropó a los hermanos Anderson y Carlos Pineda, quienes eran propietarios de una feria de hortalizas en Sabana Grande, sus primos eran Roger Pineda y Nelson Rivera, Gabriel Duque era el ayudante y oriundo de Pueblo Hondo, Gloria Carvajal era una de las trabajadoras, así como Rogelio González Monsalve. Así lo señala la esposa de Anderson Pineda, diciendo que algunos salieron expelidos debido al impacto y eso evitó que se los consumiera el fuego.
La complejidad del caso exige los estudios de un antropólogo forense, ante la dificultad de obtener el reconocimiento visual, por huellas dactilares o piezas dentales. De allí que llegó un especialista desde Valencia para la debida identificación de los cuerpos, considerando que algunas partes quedaron prácticamente reducidas y una de las víctimas apenas conservó sus pies.
«Ellos venían de entregar la mercancía, tenían una feria de hortalizas donde vendían tres o cuatro días en La Esmeralda», dijo la señora, pero sin tener la precisión de la causa del accidente. Tratando de evitar el llanto, cuenta que Danilo Pineda, hermano de su esposo, fue uno de los sobrevivientes y trató de salvarlo. «A mi esposo no le prestaron primeros auxilios de inmediato y duró 40 minutos allí tirado, nadie lo quiso llevar (a un hospital). Estaba muy mal, porque también sufrió un fuerte golpe», se lamenta por la pérdida de su marido, quien tenía 30 años de edad y concibieron dos hijos, un varón de 10 años y la niña de cinco años, quienes aún no entendían lo que estaba pasando.

Con voz entrecortada repite lo que comentan en su terruño tachirense, donde los recuerdan como hombres trabajadores, emprendedores y a pesar de sus cortas edades, tenían experiencia por varios años de esfuerzo para la seguridad de su familia. Personas responsables, respetadas por su honestidad y cordialidad.
Panorama desgarrador por tragedia en Torres
Los episodios de dolor a las afueras de la morgue le ponían el corazón chiquito de tristeza a cualquier extraño. No había necesidad de un lazo sanguíneo ni punto de comparación para describir el peso de esa tragedia en una madre que perdió a dos hijos y —tal vez, por milagro de Dios— no murieron los tres entre esos camiones que se convirtieron en amasijos de hierro.
«¿Cómo será mi vida sin mis hijos?», gritó la señora mirando hacia el cielo. Al poco tiempo, de respirar un poco y recibir abrazos de sus parientes, volvía desesperaba a preguntarse: «¿Qué haré Señor?», mientras continuaba diciendo con menos fuerza, que recordaba ese último «Te amo» de Carlitos, tal como ella lo llamaba cariñosamente.

Eran instantes en los que todos los presentes aguardaban en silencio sepulcral, tratando de acompañar a esta valiente mujer que por ratos prefería mantenerse de pie, ante la angustia y espera que sentía interminable. No comprendía cómo les cambió las vidas, de la noche a la mañana. Siempre los esperaban, sabiendo su cansancio físico por lo largo del viaje desde Táchira hasta Carabobo, pero confiados porque era la ruta semanal, para cumplir con sus compromisos en la feria, con hortalizas bien surtidas.
Al lado de la señora estaba su hijo Danilo, quien la abrazaba y al poco tiempo tampoco soportaba esos recuerdos que se nublan en una infernal pesadilla, que los traslada a esa carretera entre llamas que eran cada vez más altas y con los gritos de sus hermanos, junto al resto que venía en el camión. Lloraba como un niño y apenas podía mantener la estabilidad, porque su pie izquierdo está enyesado.
El equipo reporteril pudo tener su breve testimonio ese mismo día del accidente. Venía llegando a la morgue del Hospital Central Antonio María Pineda, vestía chemise con un mono azul quirúrgico. Iba cojeando a pasos muy lentos y con el rostro de profundo pesar. Se podía apoyar en hombros de sus familiares.
«¡No tengo alma, y tengo mucho miedo!», susurraba, preguntándose a sí mismo cómo se iba a sentir su mamá con este accidente tan desgarrador. Su mirada se perdía revisando fotos junto a sus hermanos en su teléfono celular, las veía por un rato con una respiración que cada vez era más acelerada y el llanto inevitable. A quienes le preguntaban de cómo se sentía, sólo decía que le dolía su pie y unas costillas, con leve dolencia en la cabeza. Pero su corazón estaba muy herido e impotente, porque trató de salvar a su hermano Anderson, aunque las llamas se lo arrebataron.
Recordaba que eran las 5:40 a.m. e iba dormido, «cuando desperté el camión estaba prendido en candela. Me salí de abajo, porque estaba apretado con algo muy pesado. Halé a mi hermano Anderson hasta donde pude, pero no pude más». En ese momento su voz se quiebra, porque fue una distancia de unos 50 metros, aproximadamente. La desesperación y adrenalina lo impulsó, luego señaló que logró voltearlo, pero era muy fuerte esa candela. Anderson trataba de escupir con dificultad, porque se ahogaba mientras su cuerpo ardía. «Le metí los dedos en la nariz y en la boca, para que escupiera, pero no lo logré», se lamenta.
Le preguntaban por Gloria Carvajal que iba con su hijo (recluido en el Hospital Pediátrico Agustín Zubillaga), pero respondió que en ese momento sólo escuchaba gritos, como si se tratara de una interminable pesadilla.
En ese momento, personal de morgue y funcionarios de tránsito llamaron a familiares cercanos. Los presentes señalaron a Danilo, por lo que se acercaron y le preguntaban si recordaba algunos rasgos para identificarlos. Cuando él respondió que uno de sus hermanos tenía tatuado a Jesús en su brazo, simplemente miraron hacia el piso y moviendo la cabeza expresaban lo imposible de apreciarlo, porque estaban carbonizados.
Los lesionados fueron trasladados al Hospital Baudilio Lara de Quíbor, Hospital Central y Pediátrico Agustín Zubillaga. Las labores de rescate se extendieron hasta el final de la mañana. El fuego era tan intenso que al contacto con el agua, se elevaban más las llamas. Luego lo riguroso del levantamiento de los cuerpos y retiro de la estructura metálica que quedó de ambos camiones.

