El primer contacto con Argenis Jiménez es una disculpa. No te saluda. Te pide perdón. “Sólo me he bañado dos veces en lo que va de año”, dice, y en su voz hay una vergüenza que no tiene que ver con la locura que todo el mundo le atribuye, sino con falta de agua, de jabón, de un espejo donde verse.
Argenis tiene 43 años y medio viviendo en la calle. En Barquisimeto lo conocen como “El Loco de la Pancarta”. Él corrige: es el “loco electo por el pueblo”. Y cuando habla de su elección, no habla de votos. Habla de supervivencia.
Para entender a Argenis hay que empezar por el principio. Nacido el 18 de agosto de 1960, “El Loco de la Pancarta” recuerda que nunca conoció a su padre, básicamente porque su mamá no sabía quién era. “Ella era analfabeta, vivía de los hombres y no sabía de quién quedaba embarazada. Al final, mis hermanos y yo conocimos a una madre que no ejercía sus funciones históricas, sino que lo que hacía era cumplir con funciones biológicas, como si fuera cualquier animalito”, menciona.
A pesar de eso, para Argenis su mamá lo era todo. “Ella era mi universo”, dice, y no es metáfora. Cuando era niño, cada pregunta que le hacía a ella era como si la humanidad entera se reuniera en asamblea para darle una respuesta. Y él aceptaba todo como verdadero. A los cinco años miró por la ventana y vio la luna. Le preguntó a su mamá si era una lámpara. Ella dijo que sí.
“Fue una buena respuesta”, cuenta Argenis. “Tenía 6 años y no sabía nada de astronomía. No iba a entender si me daba una clase especializada en ese momento”.
Esa luna-lámpara es la última imagen tierna que tiene de su infancia. A los siete años, salió de esa casa y no volvió.
Su madre, también representa los traumas más profundos de su infancia. La primera vez que escuchó la palabra “loco” fue de boca de su mamá. Él le había pedido salir a jugar a la calle. Ella le dijo que no, le gritó y le dijo que estaba loco. Meses después, caminando con su hermano, vio a unos indigentes. Él preguntó quiénes eran. “Son unos locos”, dijo el hermano.

Argenis recuerda haber sentido ese día que había descubierto el fondo más oscuro al que podía caer un ser humano. Ser loco era estar en la acera, sin mamá, sin hermano, sin respuestas. Ser loco era lo peor.
Argenis se va de casa
Contando su historia, Argenis recuerda que, cuando tenía 7 años, unas monjas que hacían obras sociales fueron hasta su casa, un rancho de bahareque que habían invadido. Allí, las religiosas preguntaron a todos sus hermanos si se querían ir del lugar y todos dijeron que no, pero cuando le preguntaron, él dijo que sí.
¿Por qué te quieres ir? Le dijeron las monjas y el jovencito respondió con firmeza. “Yo quiero estudiar y con mi mamá me voy a quedar burro”. Así fue como Argenis salió de su casa, lo hizo sin sentir tristeza porque en el fondo sentía que ese tampoco era su lugar en el mundo. “Quiero aprender a leer y escribir y mi mamá no me quiere”, dijo con una seguridad impropia de un niño.

Argenis salió de su casa por propia decisión. Lo pusieron a vivir con una pareja de abuelos que no tenían hijos y eran dueños de un restaurante. Allí trabajaba por las tardes y en las mañanas iba a la escuela. Él describe a esta pareja como “unos viejitos agresivos, violentos, que lo tenían como en un cuartel”, pero eso no le importaba porque estaba aprendiendo a leer y escribir. Esa casa, recuerda, estaba ubicada en la carrera 25 entre calles 27 y 28.
En ese lugar vivió hasta los 16 años, cuando los abuelos murieron, Argenis se quedó sin un lugar en donde vivir, pero eso no le importaba, su preocupación estaba en sus estudios, quería seguir aprendiendo.
De su época de escuela recuerda casi todo, pero hubo un momento en particular que marcó su vida. En sexto grado, viendo estudios sobre sociología, una maestra preguntó si los locos tenían derechos. La interrogante, que era para avivar un debate en la clase, se sintió como un juicio personal. “Sentía que en ese momento me estaban condenando”, dice.
El estado de angustia terminó cuando, la maestra, de forma tajante, acabó el debate con una frase que le devolvió el alma al cuerpo, “los locos tienen derecho. Los locos formaban parte de la sociedad”. Esa frase, simple, de manual de educación cívica, fue para Argenis un acta de nacimiento. Podía ser loco y seguir siendo persona.
Argenis aclara que viene de una familia con problemas mentales. Cuando se le pregunta sí realmente está loco, él asegura que su condición es genética. “Todos en mi familia desarrollamos algún grado de demencia, algunos más que otros, casi nadie se salva”, dice. De acuerdo con su testimonio, su “locura” no tiene un diagnóstico clínico, pero él es lo suficientemente inteligente para saber que algo no es normal en su forma de ser.
La pasión por la lectura
De niño, Argenis Jiménez quería ser un hombre grande, importante, un referente para la sociedad. Tenía ganas de estudiar, no sabía qué profesión específicamente, pero quería ir a la universidad porque entendía que, por medio de los estudios, podía lograr su sueño.
La situación que lo rodeaba no le permitió cumplir este sueño, nacido y criado en los primeros años en una casa en donde las cosas no funcionaban de manera tradicional, con el fantasma de
la pobreza merodeando constantemente su entorno y teniendo que mudarse cada vez, por no tener un sitio fijo donde vivir, Argenis tuvo que hacerse autodidacta y encontró en la Biblioteca Pío Tamayo el espacio para poder aprender.
En la biblioteca no le pidieron cédula ni dirección ni referencias, sólo le pidieron silencio y Argenis le dio 25 años de silencio lector. Leyó de todo. Filosofía, que no entendía del todo bien, historia, que le explicaba de dónde veníamos y le contaba el por qué los locos siempre terminan en la acera, literatura, que le demostraba que la locura bien contada parece una genialidad.
“Para mí, la biblioteca era como un club. Yo no trabajaba, lo que hacía era cualquier trabajito temporal y cuando me ofrecían trabajo fijo no lo aceptaba porque no podía volver para la biblioteca. Yo pasé 25 años así, loqueando en la biblioteca, yo era el loco de la biblioteca antes de ser el loco de la pancarta”, dice.
Recuerda esos años como una época feliz. Salía a trabajar para conseguir dinero y poder comer. También para comprar jabón, bañarse y eventualmente, lavar su ropa. Esto lo hacía para que en la biblioteca no le pusieran trabas a la hora de entrar.
Los trabajos que Argenis tenía durante esta época eran variados. Pasaba de lavar carros a hacer mandados o eventualmente cuidar casas. Lo único que él pedía es que la encomienda no le ocupara mucho tiempo, porque no quería renunciar a sus horas de lectura.
Gracias a esos años leyendo, Argenis se convirtió en un escritor aficionado que tenía un solo objetivo: denunciar la condena de ser loco y pobre.
“Conseguí libros de Franco Basaglia y empecé a estudiar lo que era la psiquiatría y antipsiquiatría y por eso es esta lucha que hoy mantengo”, señala.
Argenis ha estado en psiquiátricos. Pero no como paciente pasivo. Según su testimonio, este hombre aprendió a hacerse pasar por más loco de lo que es. ¿Por qué? “Porque en esos lugares ser cuerdo y pobre es peligroso. La locura es un idioma que hay que hablar con fluidez para que te dejen en paz”. Argenis aprendió ese idioma, pero lo habla sólo cuando lo necesita.
De acuerdo con su testimonio, fueron varías las etapas en las que Argenis estuvo en estos sanatorios, pero allí no le ayudaron. Con indignación en su voz, el Loco de la Pancarta menciona que en estas instituciones, muchas veces tratan a los pacientes a golpes, usando la violencia como un mecanismo de control que, lejos de ayudar, termina agravando más los problemas mentales de estas personas.
“Por eso es mi lucha de tantos años. A mí me decían si tú estás protestando, entonces no estás tan loco y puede que tengan razón, porque aquí hay protesta por cualquier cosa, pero nadie protesta por los locos”, señala.
A pesar de tener claro sus ideales, Argenis aclara que su protesta no es violenta. Jamás estuvo de acuerdo con las personas que trancan calles o avenidas para exigir algo, porque él cree en la institucionalidad y considera que hay que usar los canales regulares para formalizar una denuncia.
Esta postura le ha llevado a reunirse varias veces con figuras de poder no sólo en el estado Lara, sino también a nivel nacional. Hasta en tres ocasiones, El Loco de la Pancarta ha ido al Palacio de Miraflores para pedir ayuda por los pacientes psiquiátricos y exigir que se reestructure el sistema de salud para que estas personas sean tratadas con dignidad. Nunca ha sido escuchado, pero a pesar de ello él continúa con su lucha convencido de que, en algún momento, su voz será escuchada.
“¿Quién ha visto un loco como yo?”, dice de manera jocosa cuando habla sobre su forma de ser, y es que Argenis es mucho más que un indigente que recorre las calles.
Cuando uno lo mira sabe que está ante una persona diferente, alguien que ve el mundo con la sensibilidad que tienen sólo las personas que han abrazado una lucha por un tema de principios. Argenis lucha por los locos porque él se siente loco y porque sabe que, sólo un loco, puede comprometerse fuertemente por una causa tan noble como la que él defiende.
Tan aferrado a sus principios está El Loco de la Pancarta que, él menciona que no recibe ningún tipo de ayuda gubernamental. En varias ocasiones le han ofrecido pensión y canalizarle los bonos que, por derecho, le corresponden a un hombre de su edad, pero él siempre se niega argumentando que, el día que acepte eso, las autoridades podrán decir que lo están ayudando y esa no es la ayuda social que él solicita.
“Varias veces se han acercado a mí para decirme que me van a ayudar con la pensión, pero yo no necesito eso. Si yo recibiera ese tipo de ayudas, ellos van a decir que atendieron mi caso y eso sería una mentira”, dice de forma orgullosa.
Ahora mismo, Argenis dice que lo único que le pide a la vida es conseguir un espacio donde pueda dormir. Tener un cuarto, con llave, en el que tenga una cama, un baño, un espacio en donde pueda lavar su ropa y un lugar en donde pueda dejar las cosas que carga en una bolsa calle arriba calle abajo.
“Esto lo pido como una especie de ayuda humanitaria. No podría pagarlo, pero quisiera que alguien me ayudara de esta manera”, dice.
A su edad, hay gente que aún le ofrece trabajo para que él salga de la indigencia, pero Argenis dice que no lo acepta porque siente que las personas sólo lo quieren meter en un sistema que, voluntariamente, él rechazó. Además, con más de 43 años de lucha no está dispuesto a abandonar su pancarta por nada en el mundo.
Al final, Argenis sabe que morirá en la calle. No lo dice con dramatismo. Lo dice como quien dice que va a llover porque ve las nubes y tiene un deseo concreto: quiere que cuando muera, su pancarta quede abierta en la acera. Como un libro. Para que todos vean su lucha.
No pide flores. No pide un entierro con nombre. Pide que su pancarta, esa que lo acompañó tantos años, quede desplegada en el concreto, como una página que alguien acaba de leer y dejó caer. Que la gente pase y lea, aunque sea sin querer, sepa que ahí hubo un hombre que no se rindió.

