La Iglesia anglicana vivió este miércoles una jornada de transformación histórica con la entronización de Sarah Mullally en la catedral de Canterbury. A sus 63 años, se ha convertido en la primera mujer en asumir la posición de primada de esta comunión, un hito que se produce apenas doce años después de que se autorizara la ordenación episcopal femenina dentro de la institución.
La ceremonia, caracterizada por la pompa tradicional británica, contó con la asistencia de los príncipes de Gales, Guillermo y Catalina, así como de líderes de diversas religiones, incluyendo representantes judíos, musulmanes e hindúes. Durante el acto, Mullally recibió el báculo de arzobispa en un ambiente de profunda emoción, destacando la creciente presencia de mujeres en los altos cargos de una Iglesia que cuenta con 85 millones de fieles en todo el mundo.

Un liderazgo en tiempos de tensiones internas
Pese al carácter festivo del evento, la entronización ocurre en un contexto de fragilidad para la comunión anglicana. La institución enfrenta no solo el avance del laicismo en el Reino Unido, donde solo un millón de ciudadanos se declaran practicantes regulares, sino también la amenaza de un cisma. Sectores conservadores, liderados por el arzobispo ruandés Laurent Mbanda, han manifestado su rechazo a reformas como la ordenación de mujeres y el matrimonio igualitario.
En su primer sermón, la arzobispa Mullally optó por un tono conciliador y evitó referirse directamente a los movimientos disidentes que se autodenominan la «verdadera» representación anglicana.
En lugar de abordar la confrontación, centró su mensaje en un llamado genérico a la paz en conflictos internacionales como los de Ucrania, Sudán, Birmania y Oriente Medio, manteniendo una postura que algunos asistentes calificaron como fiel al espíritu de evitar el conflicto directo.

Una ceremonia con carácter cosmopolita para Sarah Mullally
La entronización también sirvió para mostrar la expansión global del anglicanismo fuera de las fronteras inglesas. Se escucharon cánticos en lenguas africanas como el swahili y el bemba, además de plegarias en urdu. Un momento destacado fue la lectura principal del evangelio, realizada en español por una obispa mexicana, reforzando la imagen de una iglesia que, aunque nacida en Inglaterra, hoy tiene su mayor base de fieles en Asia y África.
Con este acto, la Iglesia anglicana busca proyectar una imagen de unidad y modernidad en un momento definitorio para su futuro. Sarah Mullally inicia ahora un mandato que deberá equilibrar las demandas de reforma de los sectores progresistas con la resistencia de las provincias más tradicionales de la comunión global.

