Osman Rojas | LA PRENSA de Lara.- La dificultad acompaña cada paso que da. Tiene cuatro años pero Jesús ha sufrido y llorado como pocos pues padece de una malformación congénita que le impide desarrollarse. «Tiene retardo de crecimiento«, dice Jenny Escalona, madre del niño, cuando se le pregunta por qué a pesar de tener cuatro años luce como un niño de dos.
Jesús tiene problemas en sus pies pues su enfermedad generó una pequeña deformación. Sus rodillas están juntas y sus pies miran hacía adentro. «Parece que se va a caer cada vez que da un paso«, dicen los vecinos que le ven caminando por las calles de la comunidad Simón Rodríguez, localidad ubicada al oeste de Barquisimeto.
Este niño de apenas cuatro años pudiese usar aparatos para corregir su malformación y su problema de crecimiento podría ser tratados con vitaminas y una buena alimentación; sin embargo, su madre reconoce que ni uno ni lo otro pues no cuenta con recursos suficientes para que su hijo tenga una vida normal.
«Hay días en los que no tengo ni siquiera qué comer. Lamentablemente mi hijo nació enfermo y pobre y eso en Venezuela es un pecado mortal. Yo misma me encargo de darle masajitos a mi hijo. Ahorita le estoy echando un crema para los dolores que me regalaron. Está vencida pero así se la pongo», dice Escobar.
El hambre que pasa esta familia es tan grande que Jesús pesa tan sólo 8 kilos y medios, 15 kilos menos de lo que establece la Organización Mundial para la Salud (OMS). «La alimentación aquí es fuerte», dice Escobar mientras se le quiebra la voz.
El drama con el que debe lidiar este niño es propio de todo aquel pequeño que tuvo la suerte de nacer enfermo y pobre en Venezuela y es que, como si fuese una enfermedad cónica, la pobreza cada vez cobra más vidas en la región pues son muchos los infantes que no pueden cumplir con sus tratamientos por no tener la capacidad económica.
«Si no alcanza para comer mucho menos para pastillas«, es la filosofía abrazada por las personas en las comunidades más humildes del estado Lara. «Ojalá la plata alcanzara para poder garantizar la salud de nuestros hijos» decía Yurica Valera, mujer de 22 años que es madre de tres pequeños de los cuales dos tienen problemas de cardiopatía.
«Me dijeron que tenía que operar a uno de mis hijos antes del año. Ya va para tres y ahora me convulsiona a cada rato. Vivimos un martirio», dice con angustia la mujer residenciada en la comunidad Simón Rodríguez.
El desperfecto de sus hijos se puede corregir con una intervención quirúrgica pero ni ella ni su esposo cuentan con el dinero para poder operar a sus hijos. «Trabajamos en el campo y no tenemos para pagar. Ni siquiera hemos averiguado cuánto cuesta la operación porque la última vez que preguntamos era mucho dinero y dejamos eso así», cuenta con tristeza.
Zuleima Colmenárez, madre de una adolescente de 19 años que padece del síndrome de West (SW), comparte un sufrimiento parecido a las madres anteriores pues ella no también sufre a la hora de alimentar a su hija y no tiene cómo comprar el tratamiento de su «nena».
«Hace meses que no le doy una pastilla. No tengo cómo comprarla», dice avergonzada la señora que asegura que su hija convulsiona por la falta de clonazepam. Yo le pido a Dios que haga la obra en la niña porque yo no puedo controlar sus convulsiones», dice con mucha tristeza la madre.
Colmenárez explica que aunque su hija tiene 19 años tiene el peso de un bebé de 12 meses pues no pasa de los 10 kilogramos. «Para nadie es un secreto que la situación está difícil. A mí los médicos me han dicho que ella tiene problemas de desnutrición pero la bolsa que me dan dura cinco días y la entregan cada tres meses», dice.
La madre de la pequeña dice que las convulsiones las trata algunas veces con bebidas caseras; sin embargo, esto lo hace sólo para tratar de controlar el nerviosismo que le da cuando ve a su hija caer en estas crisis. «Eso no la calma. Las convulsiones siguen y siguen sin que yo pueda hacer nada. A veces la miro y lloro», comenta.
Las historias de estas tres madres son tan diferentes como iguales pues cada una de ellas lleva consigo el peso de tener que lidiar con hijos enfermos en medio de una crisis que parece condenar a los enfermos.
«Es injusto que los niños no tengan acceso a los medicamentos. El Gobierno dice que Barrio Adentro y 0800 SaludYa arreglan esto pero los medicamentos para la convulsión no se consiguen en estos lugares», dice Andrea Barrios, activista por los derechos infantiles, quien comenta que la taza de mortalidad infantil sube cada mes pues con el paso de los minutos la crisis se hace más fuerte en Venezuela.
«Como le decimos a estos niños que hay un bloqueo económico. Cómo hacemos para explicarle a un pequeño que se está muriendo que hay problemas políticos y que la enfermedad tiene que esperar«, denuncia.
Lo que más indigna a los padres y activistas sociales es la postura silente del Gobierno nacional pues aunque desde el Ejecutivo se dice que la salud es gratuita y que los venezolanos tienen una vida digna, los niños pobres que por cosas de la vida nacen con alguna enfermedad saben que la realidad es otra pues sin tener concepto ideológicos aprendidos saben que la situación en Venezuela no está fácil, que la poca plata que hay es para medio alimentarse y que ahora mismo no hay espacios para luchar contra las enfermedades.

